Aunque siempre, sin posibilidad de acertar a ejercer juicio previo alguno, admiro y me siento fascinado de cómo vistes, cómo te arreglas, cómo compones modelos y juegas con las prendas de manera que sus colores o sus faltas de colores acompañen o realcen los que por tu belleza natural repartes con tu mirada, tu pelo y tu luz, odio y no puedo dejar de odiar las prendas que vistes. Porque tienen la mayor de las desdichas, tienen el placer y el honor con el que yo moriría a gusto si pudiese ejercerlos durante un instante. Ellas pueden rozar tu piel durante el día, ellas impiden que sea el objeto de miradas deseosas. ¡Son la frontera de mis ojos y mis deseos! Ellas no te sueltan por las mañanas, por las tardes y por las noches, no te sueltan a través de los días, las semanas y los meses. Ellas no saben, no saben que quiero navegar entre los pliegues de tu cuerpo como a ellas se les permite. También tú navegas por sus pliegues y te introduces en ellos, pliegues fríos que necesitas llenar de calor; mientras los de mi piel, igual de desnudos, perlados de pecas y lunares te esperan tibios y hambrientos.
Malditas las telas de que se componen. Malditos gorros, camisetas, jerséis, malditos pantalones, calcetines y maldita la suerte de tus bragas. Maldito el calor que crees que te dan y por el que las llevas. Ellas despiertan en mí la más negra de las envidias, que nace del rojo amor. Yo quiero ocupar el trono que ocupan ellas, el de tu piel y perfume, el de tu carne. Quiero relegarlas de sus funciones y ser un obrero que trabaje para tu cuerpo. Un campesino entre amapolas y rosas.
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miércoles, 18 de noviembre de 2009
viernes, 21 de agosto de 2009
Viéndola alejarse
Todos hemos escuchado el sonido grave de nuestros escrotos, elevada y sentida melodía que sólo se escucha en soledad. Y hemos visto cómo se llevaban lejos todos los colores dentro de un estuche de piel y pelo, lleno de movimiento, dejando más negra la oscura noche. Hemos formado una pelota con esas imágenes, haciendo un esfuerzo máximo y la hemos lanzado a patadas lo más lejos de nosotros. Y después, indefectiblemente, la bola ha rodado de nuevo hasta nosotros, y hemos procedido a deshacerla separando los recuerdos y, alisándolos, nos hemos sentado a pensar. Y pensando nos hemos quedado solos por momentos y hemos perdido el tiempo. En nuestro pensamiento, hemos sido conscientes del sentimiento de felicidad y del de la tristeza, que casi siempre se asocia con el de estar perdido. A veces el mar te comprende y, en su placidez, arrulla la embarcación en la que moras. Otras se vuelve tu enemigo y no para de revolverse hasta hacerte naufragar. Pero siempre te deja vivo, y preguntándote qué será lo que le hace cambiar de temperamento.
La foto que tienes en la mano está en blanco y negro. Rompes tu inmovilidad alzando la cabeza, buscando los colores que te han robado en el cielo, en la tierra, las plantas, las sombras, los edificios, la ciudad, en las risas de tus amigos, en el humo y en el fondo de una lata de cerveza. Se alternan días de desgracia y de exaltada alegría. No eres dueño de tu autoestima, la embarcación en la que viajas no tiene timón. Te crees miserable y hombre elevado al mismo tiempo. De pronto se te ocurre que la única manera de parar esta oscura espiral y llenar hasta el último rincón de luz salvadora es organizando una combustión o una explosión que te permita empezar de cero. O casi. Piensas en bañarte en gasolina, pero te paras a tiempo, con la llama de la cerilla acercándose lentamente a tus dedos. Caes en la cuenta de que hay otro material sobre el que puede recaer la combustión: la puta bola de imágenes arrugadas. Sonríes mientras ves cómo se consume, y te juras que nunca más volverás a perder la chaveta cada vez que la mires.
Todos hemos quemado sus recuerdos alguna vez.
Puedo comprender que haya gente que no comparta mis gustos. No así cuando se trata de Extremoduro.
La foto que tienes en la mano está en blanco y negro. Rompes tu inmovilidad alzando la cabeza, buscando los colores que te han robado en el cielo, en la tierra, las plantas, las sombras, los edificios, la ciudad, en las risas de tus amigos, en el humo y en el fondo de una lata de cerveza. Se alternan días de desgracia y de exaltada alegría. No eres dueño de tu autoestima, la embarcación en la que viajas no tiene timón. Te crees miserable y hombre elevado al mismo tiempo. De pronto se te ocurre que la única manera de parar esta oscura espiral y llenar hasta el último rincón de luz salvadora es organizando una combustión o una explosión que te permita empezar de cero. O casi. Piensas en bañarte en gasolina, pero te paras a tiempo, con la llama de la cerilla acercándose lentamente a tus dedos. Caes en la cuenta de que hay otro material sobre el que puede recaer la combustión: la puta bola de imágenes arrugadas. Sonríes mientras ves cómo se consume, y te juras que nunca más volverás a perder la chaveta cada vez que la mires.
Todos hemos quemado sus recuerdos alguna vez.
Puedo comprender que haya gente que no comparta mis gustos. No así cuando se trata de Extremoduro.
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